(2023) Libro Artistas con mayúsculas, por Ángel Alonso

Estamos ante una obra muy táctil, si no fuese por el tema de la conservación -y aquel tabú museístico que concibe la obra de arte como objeto sagrado-, lo primero que debería hacer el espectador sería tocarla, porque puede ser tan importante en ella una rugosidad como lo liso de una textura brillante.
Una obra de arte se construye con materiales (incluso las más conceptuales) y la forma en que se manipulan los mismos es la huella de las decisiones y los pensamientos de un artista. Marcela Jardón (Buenos Aires, 1964) es una de aquellas artistas en las que acercarnos a sus procesos nos dará las claves más importantes de su obra.
Cuando hablo de acercarnos a sus procesos significa que no es suficiente con visitar su elegante página Web, es cuando vemos en vivo y en directo sus texturas, sus masas de color y aquellas sutilezas que no salen en las reproducciones titilantes de la pantalla, cuando verdaderamente nos damos cuenta de qué se trata.
Si en su serie Mar, por ejemplo, los accidentes de las transparencias que se superponen sugieren olas, en Paisajes Aéreos los pigmentos se presentan compactos, dominan las grandes áreas de color y los empastes; si en su serie Landscape las divisiones entre planos nos remiten a la línea del horizonte, es en Mutando que acciona como un arqueólogo que desbasta por capas la piedra hasta encontrar, tras cuidadosas excavaciones, el objeto preciado.
Marcela Jardón es la demostración de que una pintura verdaderamente espiritual nada tiene que ver con devociones ni religiones, su investigación plástica se dirige a su experiencia interna, en ella vuelca todas sus inquietudes, filtra sus emociones sin dejar que la mente, que el discurso racional, monopolice su trabajo. Sus «paisajes» los realiza bajo una especie de meditación, en la que se desprende de casi todo dejando lo más esencial.
Si rasgamos ese velo de las clasificaciones al que nos ha condenado nuestra educación, si nos desprendemos de lo binario, de la artificial oposición entre el día y la noche, entre el blanco y el negro… y penetramos en esa raja entre dos mundos de la que hablaba Carlos Castaneda, podremos ver con claridad la esencia de esta obra, mixtura de materia y espíritu, constatación de la unidad de los opuestos, prueba irrefutable de la continuidad entre el día y la noche, de los matices entre el blanco y el negro y de la infinitud del pensamiento cuando un artista, lejos de enclaustrarse en un modo de hacer repetitivo, investiga al máximo las amplias posibilidades de los planos de color y la infinitud de una línea horizontal.
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1._ Fragmentos del texto La infinitud horizontal, palabras del catálogo que recogerá la última etapa de la obra de la artista.

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